La trama


Un mundo donde llueve durante años sin descanso, las ciudades se inundan, la normalidad se ha vuelto frágil y el colapso ambiental ya no es una amenaza, sino el presente. En este escenario se sitúa Ritos privados, una novela que sigue a Isla, Irene y Agnes, tres hermanas que apenas mantienen relación entre sí.

La muerte de su padre, Stephen Carmichael, un prestigioso arquitecto que hizo fortuna diseñando estructuras para proteger a las élites del desastre, las obliga a reencontrarse. Ninguna de ellas tenía una buena relación con él, y el vínculo entre las tres está marcado por la distancia, los reproches y la incomunicación.

A medida que intentan decidir qué hacer con la herencia, no solo económica, sino también emocional, emergen tensiones latentes y recuerdos difusos. Al mismo tiempo, crece la sensación de que hay algo más oscuro en juego, algo antiguo que las atraviesa y que apenas logran recordar. Entre tormentas externas e internas, cada una de las hermanas deberá enfrentarse a su propio derrumbe.


Lo mejor que tiene este libro es lo actual que se siente. Es una novela que habla directamente de cosas con las que podemos sentirnos identificados al momento: relaciones complicadas, familias que pesan más de la cuenta, gente intentando sobrevivir emocionalmente mientras todo lo que gira alrededor de nuestro mundo se desmorona.

Y ahí está el punto fuerte: el mundo que crea Julia Armfield no es tan distinto del nuestro. La lluvia constante funciona casi como una metáfora gigante. Cambia lluvia por pandemia, crisis climática o ansiedad colectiva, y todo encaja perfectamente. Esa sensación de que todo va mal, pero seguimos con nuestras vidas como si nada.

En ese sentido, conecta con la idea de que vivimos en una época en la que el fin del mundo ya no parece ciencia ficción, sino algo que vemos en noticias, redes y pantallas todo el tiempo.

Pero lo que de verdad engancha no es solo el contexto, sino las relaciones. Las tres hermanas están llenas de contradicciones: se necesitan, pero no saben cómo estar juntas. Se quieren, pero también se hacen daño. Y todo eso está atravesado por el deseo, la identidad y la sensación de no encajar del todo en ningún sitio.

Además, el libro mezcla géneros sin volverse pesado: tiene algo de distopía, algo de terror, algo de drama familiar… pero se lee súper rápido. Es de esos libros que no necesitas ir subrayando cada frase, pero que te atrapan sin darte cuenta.

Eso sí, no es perfecto. El final puede parecer un poco intenso de golpe, como si guardara todo para el último momento. Aun así, el viaje por el que te lleva esta lectura merece la pena.

Más allá de esto, hay algo interesante en cómo la novela trabaja el tema de la herencia. No solo la económica, la cual es el motor de la trama, sino la emocional y casi simbólica. Las hermanas no solo heredan dinero o propiedades: heredan una forma de relacionarse, una historia familiar rota, una manera de entender el mundo que viene marcada por su padre. Y eso es mucho más difícil de gestionar que cualquier testamento.

Otro punto fuerte es cómo se retrata la identidad. Las tres hermanas son personajes queer, pero eso no se presenta como algo forzado ni como el único rasgo definitorio. Forma parte de quienes son, atraviesa sus relaciones y su manera de ver el mundo, pero no reduce a los personajes. Esto le da a la novela una naturalidad que se agradece mucho, especialmente frente a historias que tratan estos temas de forma más superficial o estereotipada.

Por otro lado, tenemos la atmósfera. Hay algo inquietante en todo momento, incluso en las escenas más cotidianas. No es un terror explícito, sino más bien una sensación constante de que algo no está bien, de que hay algo fuera de lugar. Esa mezcla de lo cotidiano con lo extraño es lo que le da ese toque gótico tan particular.

Y luego el ritmo. Como ya he mencionado, es una novela que se lee rápido, pero no porque sea simple, sino porque está muy bien construida. Cada capítulo, cada cambio de perspectiva, cada escena está colocada de forma que mantiene el interés sin necesidad de grandes giros constantes. Es más una acumulación progresiva de tensión que una montaña rusa de acontecimientos.

Ritos privados funciona muy bien porque combina muchas cosas sin perder el foco: es una historia familiar, una distopía, una reflexión sobre el presente y una exploración de las relaciones humanas. Y todo eso sin volverse pesada ni pretenciosa. Al final, lo que queda no es solo la imagen de un mundo inundado, sino la sensación de estar viviendo en algo que no está tan lejos de nuestra realidad. Y quizá eso es lo más inquietante de todo.